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Parroquia San  Juan Evangelista

Todos los santos

En esta fiesta de Todos los Santos recordamos a esa “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar” (de la que hablaba la primera lectura) y que gozan ya de la presencia de Dios en el cielo, aunque no tengan un “hueco” en nuestro santoral litúrgico.

Hoy recordamos a muchos seres queridos, familiares y amigos, que ven a Dios “tal cual es” (que nos decía San Juan en la segunda lectura).

Hoy nos recordamos unos a otros que esa es nuestra meta, encontrarnos con Dios cara a cara y gozar de su presencia por toda la eternidad. Ser dichosos, felices, bienaventurados (como nos dice el evangelio de hoy).

Ese es el destino que Dios tiene preparado para sus hijos, para ti y para mí. “Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos HIJOS”. ¡LO SOMOS!... pero aún no se ha manifestado lo que seremos… seremos semejantes a Él, seremos como Dios. Lo que en el principio de la creación fue motivo de alejamiento de Dios (Adán y Eva quisieron ser como Dios), ahora es una bendición, es nuestro destino final: ver a Dios cara a cara y darnos cuenta de que nos ha creado a su imagen y semejanza y que llevamos en nuestras entrañas más profundas la huella de un Dios Padre que ama a sus hijos e hijas con locura.

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La santidad es vivir la perfección del amor en esa doble dirección: amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas… y al prójimo como a nosotros mismos. Una cita del trapense norteamericano Thomas Merton, nos puede ayudar a comprender la relación entre amor y santidad: “La perfección no es para quienes se esfuerzan por sentir, parecer y actuar como si fueran perfectos; es únicamente para quienes son plenamente conscientes de que son pecadores, pero pecadores amados, redimidos y cambiados por Dios. La perfección no es tampoco para quienes viven solo para sí mismos y se ocupan únicamente del embellecimiento de sus almas. La santidad es amor: el amor a dios por encima de todos los demás seres y el amor a nuestros hermanos en Dios. Tal amor exige el completo olvido de nosotros mismos”.

El Concilio Vaticano II, del cual se cumplen en estos meses los 50 años de su celebración nos exhortaba: “Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” LG. 11 c.

A veces eso de ser santos se nos hace un poco lejano, porque nos vemos muy limitados, porque los santos que conocemos son como de otro mundo. Pero la santidad es un proyecto que está a nuestro alcance, sino Dios no nos lo propondría como meta. Él nunca nos pedirá nada que no podamos hacer, que sea superior a nuestras fuerzas. Es más, nos da las fuerzas necesarias para que podamos llevarlo a cabo. Él sabe de nuestras capacidades y confía en nosotros, incluso a veces más que nosotros mismos. Pero la santidad exige un esfuerzo, un compromiso, una opción de vida radical. Y la recompensa es una felicidad muy grande, como nos muestra el evangelio hoy, el evangelio de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas son un espejo en el que mirarnos como bautizados y como creyentes. Son un condesado del Evangelio. Alguno ha llegado a decir que si ese perdieran los evangelios en un cataclismo universal y sólo aparecieran las bienaventuranzas, poniendo unos personajes que les dieran vida, podríamos reconstruir el evangelio.

Recorramos las bienaventuranzas: los pobres de espíritu son los santos por que su verdadera riqueza es Dios. Santos son los mansos, porque la mansedumbre o humildad es la actitud propia de los hombres ante el creador y Señor. Santos son igualmente los que lloran, porque son lágrimas de arrepentimiento por los propios pecados y por los de los hombres, sus hermanos. ¿Quién más que los santos tiene hambre y sed de justicia, es decir, de que Dios justifique y salve a la humanidad entera?. Los santos son los más misericordiosos porque ejercitan el perdón y la misericordia con los más desgraciados de la tierra que son los pecadores. Los limpios de corazón son los santos porque su corazón y sus ojos han sido lavados por la sangre del cordero para que vean con claridad divina las cosas del cielo y de la tierra. Los santos son quienes más trabajan por la paz, o sea, porque se den en la sociedad humana aquellas condiciones que favorezcan la concordia entre los pueblos y el progreso humano y espiritual. Santos son los perseguidos por ser buenos, por ser justos. Los que han derramado también su sangre por Cristo y por el evangelio. Bienaventurados los santos porque de ellos es la fecundidad espiritual en la tierra.  El santo, estando en la tierra, vive ya en el cielo y llegando al cielo, no dejará de estar muy presente sobre la tierra.

Hoy celebramos la santidad, conseguida gracias a Jesús, a su muerte y resurrección. Y eso no fue nada fácil. La santidad nos acerca más a ese Dios que fue capaz de dar su vida para que todos tuviéramos Vida eterna, para acercarnos más a Dios y a su Reino. Santa Teresa decía que la santidad no consiste en hacer cada día cosas más difíciles, sino en hacer cada día cosas con más amor. Así las hace Dios y a Él queremos parecernos. Y Juan Pablo II nos decía: El  santo no es ni el indiferente, ni el lejano, ni el mediocre, ni el tibio, ni el tímido.  

Pedimos al Señor en esta Eucaristía que nos ilumine para que podamos llevar a la práctica en nuestro día a día ese proyecto de felicidad que él tiene para nosotros.

 

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